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HISTORIA DE AJENATÓN

El «faraón hereje» que la historia conoce con el nombre de Akenatón se llamaba al nacer Amenhotep. Era el cuarto de su familia que llevaba ese nombre y el décimo faraón de la XVIII dinastía, el linaje que inauguró el Imperio Nuevo (c. 1570-1070 a. e. c.), una etapa de paz y prosperidad que llevó al antiguo Egipto a su apogeo político y cultural.

Akenatón, cuyo reinado comenzó alrededor del año 1353 a. e. c., fue, según todas las fuentes, un faraón extraño. Alto y de piernas y brazos largos, cara estrecha, barbilla puntiaguda y ojos caídos, presenta un aspecto físico tan curioso en las estatuas y relieves de la época que se han conservado que los eruditos no saben qué pensar. En algunas estatuas su figura es sinuosa, casi andrógina; en otras, tiene pechos turgentes y caderas femeninas, rasgos que habrían sido tan extraños y escandalosos para los antiguos egipcios como para el espectador moderno. En los relieves en los que se retrata al faraón con su célebre esposa, Nefertiti, a veces es difícil distinguir quién es quién.

Faraón Akenatón I.

Las peculiaridades de Akenatón no se limitaban a su físico. Ya de joven, parece haber manifestado una devoción por el Sol que únicamente puede calificarse de no convencional. El culto al Sol siempre había sido parte integral de la espiritualidad egipcia. Al igual que los mesopotámicos antes que ellos, y los indoeuropeos después, los antiguos egipcios deificaron el sol, al reservaron un puesto de honor en la enéada, el grupo de los nueve dioses de la creación originales, en el que el dios del sol llamaba Shu. Pero los egipcios adoraban al astro en muchas otras formas, la más popular de las cuales era como el dios Ra, la divinidad local de la ciudad sureña que los griegos llamaban Heliópolis, «ciudad del Sol».

(Ra significa además «sol» en egipcio estándar).

A comienzos de la XVIII dinastía, cuando Egipto expandía rápidamente sus fronteras hacia nuevos territorios hacía falta una deidad más universal para mantener el ritmo de sus ambiciones imperiales. Fue por esa época cuando el dios Ra, que dominaba la región meridional del imperio, se fusionó con un dios llamado Amón, divinidad local de la capital, Tebas, situada más al norte. La unión de ambos dioses se convirtió en una deidad nacional nueva y omnipotente llamada Amón-Ra («Amón, que es Ra»).

Al cabo de casi doscientos años, cuando Akenatón ascendió al trono, Amón-Ra había sido elevado a la cabeza del panteón egipcio y era el rey de los dioses, no solo en Egipto, sino en todos sus estados vasallos y territorios colonizados. Su complejo de templos en Karnak (Tebas) era el más lujosamente decorado de toda la tierra, y sus sacerdotes, los más ricos y poderosos de Egipto.

Akenatón, sin embargo, nunca expresó mucha devoción por Amón-Ra, a pesar de los orígenes solares del dios. El joven faraón adoraba el Sol de una forma por completo diferente: como la deidad antigua pero en cierto modo oscura llamada Atón, o Disco Solar, el orbe celestial deslumbrante cuyos rayos se creía que brillaban sobre todas las personas de todos los rincones del mundo. Atón ya era una deidad importante en la familia de Akenatón, cuyo padre, Amenhotep III, se asoció con el dios antes y después de su muerte. Pero la relación de aquel con su dios era única, intima. Afirmaba haber «encontrado a Atón». Sus himnos a él describen lo que solo se puede llamar una experiencia de conversión: una teofanía, o manifestación visible de dios, en la que Atón le habló y reveló su naturaleza. Esta experiencia le dejó una huella indeleble. Poco después de ascender al trono de Egipto, y a instancias de su dios, Akenatón en persona hizo que Atón, una divinidad menor de cuya existencia la mayoría de los egipcios solo tenían una vaga idea, se convirtiera en el dios principal del panteón egipcio, y luego, al cabo de unos años, en el único dios del universo. «iAtón viviente, no hay otro dios que él!», decretó el joven faraón.

No era raro que un faraón favoreciera a un dios por encima de los demás, por ejemplo, desviando recursos a su templo o empleando más sacerdotes para que atendieran sus necesidades. Pero la adoración exclusiva de un dios no tenía precedentes en Egipto, y la negación de la existencia de los demás dioses era algo inenarrable. Sin embargo, eso fue justamente lo que Akenatón planteó con el culto a Atón. Como consecuencia, el joven faraón de la XVIII dinastía del Imperio Nuevo del antiguo Egipto se convirtió en el primer monoteísta del que tengamos constancia.

La revolución monoteísta de Akenatón no sucedió de golpe. Primero cambió su nombre de Amenhotep IV a Akenatón I: de «Amón está contento» a «benefactor de Atón». Luego abandonó la capital tradicional de su dinastía, Tebas, donde se hallaba el templo de Amón-Ra en Karnak, y trasladó la capital imperial a una región de Egipto no desarrollada y apenas habitada, que le fue revelada Por Atón. Akenatón denominó la nueva ciudad Aket-Atón («horizonte de Atón»), la actual Amarna, desde donde emprendió un ambicioso programa de construcción de templos en todo Egipto dedicados a su dios. Aunque permitió que los templos de los otros dioses, en especial el de Amón-Ra en Karnak, languidecieran por falta de recursos, en esta etapa de su movimiento no persiguió activamente el culto a otros dioses.

Pero luego, en el quinto año de su reinado, la revolución monoteísta del joven faraón se transformó en una represión religiosa en toda regla, en un intento sin precedentes de imponer su ideal monoteísta a todo un imperio. Se declaró ilegal el culto a cualquier otro dios salvo Atón. Fueron clausurados todos los templos, excepto los del Disco Solar, y sus comunidades de religiosos se disolvieron. Un enorme contingente militar iba de templo en templo, de ciudad en ciudad —desde Nubia en el sur hasta Sinaí en el este— rompiendo los ídolos de los otros dioses, destruyendo a golpe de cincel sus imágenes de los monumentos públicos, borrando sus nombres de los documentos (como los antiguos egipcios creían que el nombre reflejaba la esencia de una cosa, borrar el de un dios significaba aniquilarlo). Fue un verdadero pogromo contra los dioses de Egipto violento, destructivo, implacable y, en última instancia, un fracaso.

En efecto, casi inmediatamente después de la muerte de Akenatón, su religión murió con él. El celo con el que el faraón había destruido los ídolos de otros dioses se dirigió contra el suyo. El monoteísmo fue tachado de herejía, de sacrilegio impuesto al pueblo contra su voluntad. Los templos de Atón fueron demolidos y se encargaron por todo el imperio miles de estatuas nuevas de Amón-Ra. La mayoría de las esculturas de Akenatón fueron destruidas o enterradas boca abajo en el desierto, en señal deliberada de escarnio. Su tumba fue profanada y el sarcófago que albergaba sus restos momificados, destrozado. Borraron su imagen de los monumentos públicos y su nombre de la lista oficial de faraones de la XVIII dinastía. De hecho, es un milagro que sepamos algo de Akenatón. Su hijo y sucesor, Tutankatón, que significa «la imagen viviente de Atón», cambió de nombre y se convirtió en Tutankamón, «la imagen viviente de Amón» (uno de los faraones más legendarios gracias al hallazgo de su tesoro) en un visible intento de eliminar todo recuerdo de su padre y de la herejía atonista. Así, la primera tentativa de la historia de implantar el monoteísmo quedó enterrado en las arenas de Egipto y en el olvido.

Fuente: Por Reza Aslan – extracto del libro “Dios, una historia humana”