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EL ESLABÓN PERDIDO NO EXISTE

El tema de los orígenes puede examinarse y comprenderse mejor si nos centramos un poco más en el concepto del eslabón perdido y en la evolución de su significado. Lo hacemos sobre la base de un artículo publicado en 2015, que quedó, como tantos otros, sin la debida visibilización. Se refiere a uno de los más antiguos de nuestros antepasados bípedos, Ardipithecus ramidus.

El artículo es (como suele decirse) una reseña, una síntesis, una puesta a punto; fue publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences y firmado por autores importantes, comenzando por Tim D. White. Se trata de uno de los tres paleoantropólogos (junto a Don Johanson e Ives Coppens) que, hacia finales de la década de 1970, describieron y denominaron la especie a la que pertenece «Lucy» (Australopithecus afarensis), así como el líder indiscutible de la misión internacional en el valle del curso medio del río Awash, en Etiopía, que desde hace más de veinte años está originando gran número de actividades de campo, descubrimientos sensacionales e investigaciones punteras que quizás no tengan igual en el mundo. Entre ellos se encuentra el descubrimiento del esqueleto denominado «Ardi».

Con una datación de aproximadamente 4,4 millones de años, Ardi es el más completo e informativo representante de la especie Ardtpithecus ramidus. Se trata de un esqueleto fragmentario, y es el único fósil (que yo sepa) al que se ha dedicado un número entero en la revista Science (en 2009), con artículos dedicados, todos ellos, a los diversos elementos del esqueleto y a su contexto geopaleontológico, con un total de unas 250 páginas. Se supone que Ardi sea anterior a la difusión adaptativa de los australopitecinos, surgidos en África oriental y meridional hace entre 4 y 2 millones de años. Y son justo las características de este esqueleto las que originan la discusión de Tim White y sus colegas acerca del concepto (equivocado) de «eslabón perdido».

El razonamiento se inicia con Darwin (como no podría ser de otro modo), cuando decía que en su tiempo, e incluso mucho después, los investigadores han tenido la tendencia a realizar una simple triangulación. Esta es la siguiente: hoy está el Homo sapiens y los simios antropomorfos, ergo debe de haber existido en el pasado una especie intermedia, o incluso más de una. La esperanza es que retrocediendo en el tiempo alcancemos lo que se ha definido como Last Common Ancestor (LCA), el último anillo, desde abajo, de una especie de cadena en forma de V; es decir, una criatura posiblemente más parecida en sus características óseas y dentales a los simios antropomorfos que a nosotros los humanos. Ahora bien, dado que a lo largo del tiempo ha resultado cada vez más evidente (incluso por el ADN) que los seres vivos más próximos a nosotros son los chimpancés, ha arraigado la idea de que estos últimos constituyen algo así como «eslabones perdidos vivientes», o como han escrito algunos autores (Richard Wrangham y David PiIbeam), «maquinas del tiempo» con las que observar el pasado. Del mismo tipo es también la idea de que nuestra especie deba considerarse el «tercer chimpancé>> (Jared Diamond).

Los fósiles descubiertos en los últimos veinte años, en especial los pertenecientes al género Ardipithecus —y sobre todos los demás, Ardi—, han roto esta cadena (todo hay que decirlo) de consideraciones y han desmentido sus conclusiones. En efecto, del estudio de los distintos elementos del esqueleto resulta (¡simplemente!) que Ardi no es una forma intermedia entre el chimpancé y nosotros los humanos, ni siquiera entre los chimpancés y el Australopithecus.

Para terminar, si Ardi es con mucha probabilidad el antepasado, este no desciende, a su vez, de un primate similar a los actuales chimpancés. Más bien parece que el género Ardipithecus ha sido uno de los simios antropomorfos del Mioceno tardío, del que probablemente deriva nuestro matorral evolutivo. Por esta razón está próximo al LCA, pero respecto a este, los chimpancés derivan de él tanto como nosotros los humanos derivamos de él.

Esto es todo (para saber más, sugiero buscar en los Proceedings of the National Academy of Sciences del 21 de abril de 2015).

Fuente: Por Giorgio Manzi – extracto del libro “Últimas noticias sobre la evolución humana”

LAS PRIMERAS MIGRACIONES FUERA DE ÁFRICA

Hace unos 2 millones de años, el primero de nuestros antepasados ​​se trasladó hacia el norte desde sus países de origen y fuera de África.

¿Por qué tardó tanto en salir de África?

Los extensos entornos áridos del norte de África y el Medio Oriente fueron una barrera importante que bloqueaba el movimiento fuera de África. Antes de que pudieran extenderse fuera de África, nuestros antepasados ​​necesitaban desarrollar capacidades físicas y mentales que les permitieran sobrevivir en estos entornos hostiles donde los alimentos y el agua dulce eran recursos altamente estacionales.

¿Quién abandonó África primero?

El Homo ergaster (o el Homo erectus africano) pudo haber sido la primera especie humana en abandonar África. Los restos fósiles muestran que esta especie había expandido su área de distribución al sur de Eurasia hace 1,75 millones de años. Sus descendientes, el Homo erectus asiático , se extendieron hacia el este y se establecieron en el sudeste asiático hace al menos 1,6 millones de años.

Sin embargo, una teoría alternativa propone que los homínidos emigraron fuera de África antes de que Homo ergaster evolucionara, posiblemente hace unos 2 millones de años, antes de las primeras fechas de Homo erectus en Asia. Estos homínidos pueden haber sido australopiticinos o, más probablemente, una especie desconocida de Homo, similar en apariencia a Homo habilis. En esta teoría, la población encontrada en Dmanisi representa un eslabón perdido en la evolución de Homo erectus / Homo ergaster. Quizás también, la evolución de Homo ergaster ocurrió fuera de África y hubo un flujo de genes considerable entre las poblaciones africanas y euroasiáticas.

Esta teoría ha ganado más apoyo en los últimos años debido a la investigación del ADN. La evidencia de un estudio genético indica una expansión fuera de África hace aproximadamente 1,9 millones de años y el flujo de genes entre las poblaciones de Asia y África hace 1,5 millones de años. Se necesitan más pruebas físicas de áreas clave en Eurasia como Irán, Afganistán y Pakistán, pero la política actualmente lo está dificultando.

¿Qué hizo posible salir de África?

Si bien existe cierto debate sobre si Homo ergaster fue el primero de nuestros antepasados ​​en abandonar África, poseían los atributos físicos y culturales que habrían ayudado a dispersarse por los entornos áridos del norte de África y Oriente Medio. Estos atributos incluyen:

  • Una forma de cuerpo moderna con un paso eficiente y adecuado para viajar a grandes distancias, aunque las tallas más pequeñas están representadas en los restos de Dmanisi
  • Una inteligencia suficientemente desarrollada para hacer frente a entornos desconocidos, aunque no requirió un tamaño de cerebro mucho mayor que el del Homo habilis, con un tamaño medio del cerebro de 610 cc
  • Tecnología mejorada para ayudar a la subsistencia (se han encontrado herramientas de estilo Oldowan o Tecnología Mode1 en sitios en Dmanisi, Georgia y el norte de China, ambos con 1,7 millones de años de antigüedad)
  • Una dieta que incluía más carne y que aumentaba las opciones de suministro de alimentos en ambientes áridos estacionalmente

¿Quién dejó África después?

Después de las primeras dispersiones tempranas fuera de África, varios otros grupos de humanos primitivos se expandieron fuera de África a medida que crecían sus poblaciones. Estas dispersiones no fueron regulares ni constantes, sino que ocurrieron como olas de dispersión durante períodos con condiciones climáticas y ambientales favorables.

Estas olas de dispersión fuera de África incluyeron movimientos hacia el este a través del sur de Asia hace más de un millón de años y movimientos hacia Europa occidental en los últimos 900.000 años. También se produjeron movimientos de regreso a África.

Migraciones humanas modernas

Más recientemente, los humanos modernos comenzaron su dispersión fuera de África. Esta dispersión parece haber tomado dos formas: la ocupación irregular del Levante y los sitios cercanos por pequeñas poblaciones y luego la migración a gran escala.

Los fósiles de Homo sapiens más antiguos que se conocen fuera de África provienen de cuevas en Israel: Misliya (aproximadamente 180.000 años), Skhul (aproximadamente 90.000 años) y Qafzeh (aproximadamente 120.000 años). Estos probablemente representan poblaciones que ocuparon la región de manera intermitente y es poco probable que haya una continuidad evolutiva directa entre los pueblos Misliya y los pueblos Skhul / Qafzeh posteriores. Los estudios genéticos también apoyan la idea de dispersiones anteriores de humanos modernos fuera de África a partir de hace unos 220.000 años.

También hay evidencia en forma de herramientas de piedra que indican la posibilidad de que dispersiones anteriores llegaran más allá del Levante. Se han encontrado herramientas de piedra en la India que datan de aproximadamente 74,000 años, en Yemen que datan de entre 70,000 y 80,000 años, y en los Emiratos Árabes Unidos que datan de aproximadamente 80,000 años. Algunas de estas herramientas se asemejan a la tecnología africana de la Edad de Piedra Media, otras son más parecidas a las utilizadas por los neandertales en Europa y el Homo sapiens y los neandertales en el Levante. No se encontraron restos humanos con las herramientas, pero como no se han encontrado neandertales en estas regiones, se supone que los fabricantes fueron humanos modernos.

La mayoría de los expertos concluyen, a partir de pruebas genéticas y materiales, que la migración a gran escala solo se produjo en los últimos 60.000 años aproximadamente.

Hace 100.000 años, los humanos se habían dispersado y diversificado en al menos cuatro especies. Nuestra propia especie, el Homo sapiens , vivió en África y Oriente Medio, el Homo neanderthalensis vivió en Europa y el Homo floresiensis en el sur de Asia. El ADN de los restos humanos en la cueva de Denisova, Rusia, indica que una cuarta especie también existía cuando el Homo sapiens migraba por el sur de Asia hace unos 60.000 años. Los melanesios modernos tienen alrededor del 4% de este ADN. La especie es desconocida, pero es posible que haya sobrevivido tardíamente a Homo heidelbergensis o una especie aún por descubrir. Sin embargo, esta diversidad desapareció hace unos 28.000 años y ahora solo sobrevive una especie humana.

Migración del Homo sapiens fuera de África.

Fuente:

VENIMOS DEL MONO; MÁS CONCRETAMENTE, DEL SIMIO

Durante los últimos 50 millones de años, la aparición y progresiva evolución de los primates ha estado íntimamente ligada a la existencia de bosques tropicales, generalmente de carácter denso. Este orden faunístico posee una serie de rasgos que le vinculan en casi todas sus manifestaciones especificas a la presencia de árboles y vegetación arbustiva abundante, tanto por sus características físicas, esqueleto adaptado a la deambulación arbórea (preparado para trepar, saltar, braquiar, asirse a las ramas…), como fisiológicas, anatomía adaptada al consumo de frutos y, de modo más secundario, de otros productos arborícolas (hojas, gomas, resinas y semillas). El ejemplo más evidente de este hecho es que de las más de doscientas especies de primates existentes en la actualidad, la práctica totalidad se distribuye en los cinturones boscosos intertropicales de África, Asia, y América. Además, un número superior al 90% son especies arbóreas (por ejemplo, de las ochenta especies del continente americano ninguna es terrestre) y casi todas poseen dietas en las que los frutos constituyen la parte mayoritaria, oscilando de un 50% a casi un 90% del global de las mismas. La explicación de este hecho reside en que los intestinos de estos animales muestran una proporción intermedia entre los intestinos reducidos de los carnívoros y los más largos de los herbívoros. Dichas dimensiones intestinales guardan una relación muy estrecha con la calidad de la dieta. Tan solo un grupo, los colobinos, han desarrollado un tracto digestivo más largo, que les permite reducir notablemente el consumo de frutos, para aumentar la ingesta de hojas. Por consiguiente, los primates han sido, y siguen siendo, sumamente dependientes de los bosques para su supervivencia.

La disposición de frondosos bosques en grandes áreas de la franja intertropical está ligada a la distribución de las precipitaciones, siempre abundantes a lo largo del año y exentas de estacionalidad. La selva se degrada progresivamente hacia formas más abiertas según nos movemos de latitud y nos desplazamos a lugares en los que el aporte pluviométrico se hace temporal, sujeto a la variación de ciertas épocas del año. En el bosque tropical, en cambio, no existe un ritmo estacional del ciclo vegetativo, ya que el ambiente siempre es cálido y húmedo. Así pues, nos encontramos aquí con una disposición casi constante de un buen número de frutos y otros productos, por otra parte, las circunstancias ecológicas propician la existencia de una abundante diversidad de especies vegetales. En unidades pequeñas de territorio se encuentran centenares de especies arbóreas. A modo de ejemplo baste citar que en una sola hectárea pueden existir solo dos o tres arboles de la misma especie. Por consiguiente, a la disponibilidad permanente de recursos se le añade su abundancia y variedad por unidad de terreno. Sin embargo, las selvas tropicales, lejos de ser formas paisajísticas monolíticas y uniformes, también ofrecen una variedad aunque un tanto limitada de escenarios. Aunque el núcleo lo constituyen los bosques perennes, que vistos desde el aire tienen el aspecto de un denso tapiz verde, en las zonas más marginales de estos y en proximidad a los trópicos aparecen los bosques tropicales caducifolios, mas heterogéneos en apariencia, con menos especies vegetales y combinados frecuentemente con claros. La distribución de los recursos, pues, no es homogénea, como tampoco es la aparición y densidad de especies animales arborícolas, más abundantes en las frondosas selvas.

Semejante vergel natural ha facilitado la adaptación de un número tan amplio de especies primates por las razones aludidas y debido al hecho de que la selección natural se desarrolla en estas selvas a dos niveles: el horizontal y el vertical. El primero, común al resto de ecosistemas del globo, consiste en la competencia por el alimente a ras del suelo y en la parte arbustiva baja. El segundo, particular de estas formas de escenarios naturales, se constituye en torno a la distribución de recursos en los arboles medios y altos (puesto que los frutos pueden aparecer hasta 50 m del suelo), creando lo que se conoce como selva estratificada, en la que los primates y otros animales establecen su nicho ecológico, en función de la altitud a la que tienen que moverse para completar su dieta. Esta distribución diferencial del alimento, horizontal y vertical, y las preferencia dietéticas de cada especie primate (en estrecha relación con sus características físicas) permite que la competencia sea lo suficientemente relajada como para consentir la coexistencia de tantos taxones.

Uno de los factores elementales para la comprensión de las formas orgánicas de adaptación al medio lo constituye la valoración de la energía. Todo organismo posee unas características físicas y fisiológicas que le exigen un mínimo energético diario para su mantenimiento. Este requerimiento de energía influye en el modo en que dicho organismo se desenvuelve a su vez en dicho medio. Si su necesidad energética bruta es reducida (siempre en comparación con otras especies), el impacto medioambiental de su adaptación será también pequeño. Expresado en otros términos, y desde el punto de vista del ecosistema que ejerce como contenedor de los criterios de selección, cuanto menos le exija un organismo, menor será el coste de este y más probable su adaptación. Luego, cuanto más reducidas sean las necesidades totales de energía de un organismo, mayor será su posibilidad de supervivencia.

Así pues, la evolución ha favorecido a los primates, dentro de unas dietas eclécticas, de menor consumo o inversión energética. Esto se traduce en que la mayor parte de las especies que viven en los bosques tienen de 1 a 15 kg de peso y son de hábitos arbóreos en su mayoría.

Desde el punto de vista de la organización social, salvo los primates pequeños, que suelen ser solitarios, y unas pocas especies menores de 5 kg, que acostumbran a formar unidades familiares nucleares o grupos descoordinados, la mayoría de los primates residen en grupos estables, coordinados por un complejo entramado de relaciones jerárquicas, en cuya cúspide suele encontrarse un individuo (generalmente macho). Este tipo de relación se combina con una estrategia sexual de carácter polígamo temporal, en la que los machos dominantes tienen primacía en el acceso de las hembras. Semejante conducta tiene reflejo en lo que se conoce como dimorfismo sexual, o lo que es igual, la variación en el tamaño corporal entre ambos sexos, además de la presencia en uno de ellos de características particulares o de rasgos más pronunciados (mayor tamaño relativo de caninos, presencia de cresta sagital, etc.). Darwin denomino a estas diferencias morfológicas y de tamaño <selección sexual>, consiste en la competencia que mantienen los machos para acceder a las hembras, lo que explica su mayor tamaño corporal.

Desde una visión retrospectiva, el registro fósil de primates nos muestra que lo observable en la actualidad también es trasladable en cierta medida al pasado. Las primeras formas que se conocen so de especies pequeñas y primitivas (prosimios), las cuales darán paso a partir de principios del Oligoceno (hace unos 35 millones de años) a los primeros primates medianos (antropoides o monos). Los representantes más ilustrativos de este periodo so el Aegyptopithecus, el Oligopithecus, el Catapithecus y el Parapithecus dentro del clado antropoide de los parapitecoideos. En este periodo de la evolución, se documenta la presencia de dimorfismo sexual acusado, tanto en el tamaño de los caminos de ambos sexos como en sus dimensiones corporales, y se indica que la estrategia sexual predominante era, como en los antropoides actuales, de carácter polígamo y temporal.

Hemos de esperar hasta principios del Mioceno (hace 23 millones de años) para encontrar las primeras formas de primates mayores, dentro de lo que en la actualidad se conoce como simios, es decir, primates antropomorfos sin cola y con un patrón de morfología dentaria diferente de los antropoides anteriores al mostrar los molares más cúspides y en forma de Y. los primeros géneros conocidos (entre los que destacan Procónsul, Afropithecus, Nyanzapithecus, Turkanapithecus, Dendropithecus, Micropithecus, Limnopithecus, Simiolus y Rangwapithecus) muestran rasgos heredados de los antropoides oligocenicos y sus tamaños, aunque con un rango muy variable, aun no serán tan grandes como en momentos posteriores. En el Mioceno (entre 16 y 10 millones de años) los restos son más abundantes, y aparecen representantes algo mayores y además se documentan por primera vez fuera de África (destacan: Morotopithecus, Kenyapithecus, Otavipithecus, Equatorius, Chororapithecus y Nacholapithecus en África y Dryopithecus, Griphopithecus, Pierolapithecus, Ankarapithecus, y Sivapithecus en Eurasia). No obstante, la mayor diversidad ocurrió en el Mioceno final (10-6 millones de años), en el que aparecieron varios géneros, además de nuevas especies de algunos de los que existían antes (Ouranopithecus, Rudapithecus, Oreopithecus, Gigantopithecus).

Geología del Mioceno.

Tal variedad de géneros de simios a lo largo del Mioceno no deja de ser sorprendente, ya que en la actualidad solo existen ocho: Hylobates, Bunopithecus, Nomascus y Symophalangus (en los hilobatidos: gibones y siamangos), Pongo (orangután), Gorilla (gorila), Pan (chimpancé) y Homo (al que pertenecemos nosotros). Se ha argumentado que esta cantidad de primates mayores (hominoideos) a lo largo de este periodo, puede justificar que los fósiles de monos antropoides sean tan escasos. El sesgo debido al tamaño no parece ser la causa, ya que alguno de estos hominoideos tenían tamaños muy pequeños. Es posible que la competencia por los recursos tenga más que ver con la escasez de monos, ya que se puede documentar como a partir de 10 millones de años según van disminuyendo los hominoideos van aumentando la proporción de cercopitécidos, explotando demográficamente cuando la mayor parte de los hominoideos desaparece a finales del Mioceno hace unos 6 millones de años.

La mayor presencia de bosques densos más allá de los límites marcados por los trópicos habría favorecido la existencia de tal variedad de simios, sumamente abundante también a lo largo de la franja meridional del continente euroasiático a finales del Mioceno. Por consiguiente, toda la diversidad de especies primates y sus adaptaciones al medio han sido posibles gracias a la presencia de selvas y bosques densos. No deja de resultar irónico, pues, que el origen de la evolución humana haya que situarlo, precisamente, justo cuando algunas especies de simios empezaron a salir de estos.

La visión popular atribuye a Darwin la acepción de que el hombre viene del mono. Para hacer mayor justicia a Darwin y a sus coetáneos, es necesario precisar que a mediados del siglo XIX ya circulaba ampliamente la idea de que el ser humano procedía de simios muy parecidos a los gorilas y chimpancés. Haeckel, en su obra La evolución del hombre publicada en 1879, manifestaba que la evidencia de que el ser humano evolucionara de los catirrinos superiores (gorila, chimpancé y orangután, con énfasis sobre este último) parecía probada y llega a manifestar que, desde un punto de vista científico, <la raza humana deriva de los simios del viejo mundo>. Huxley es igual de expeditivo y en su obra El lugar del hombre en la naturaleza, publicada en 1863 y de referente para los trabajos posteriores de Haeckel y Darwin, mediante un ejercicio de anatomía comparada trae al ser humano y a los simios actuales en proximidad y manifiesta que las similitudes entre ambos grupos son mayores que las que los simios muestran con respecto al resto de primates, probando un origen común. Esta misma comparación la recoge Darwin en su El origen del hombre en 1871, en donde está claro que expone que el hombre procede de los simios africanos. Para ello recoge un amplio repertorio de referencias en las que se apoya, entre las que destacan los estudios de anatomía comparada del cerebro de humanos y simios de Vulpian, la anatomía comprada de Huxley y las constantes comparaciones que realiza entre seres humanos y simios, manifestando <que los simios antropomorfos (gorila, chimpancé) se encuentran en una condición intermedia> entre el hombre y otros catirrinos y que <con respecto al tamaño corporal o fuerza no sabemos si el hombre desciende de algún simio menor, como los chimpancés, o de uno tan poderoso como el gorila y, por consiguiente, si el hombre se ha convertido en una versión más fuerte y de mayor tamaño del mismo o más pequeño y débil que sus ancestros>. Con los argumentos bien justificados de una evolución común entre seres humanos y simios, los naturalistas del siglo XIX y los paleoantropologos del siglo XX estudiaran el proceso de hominización, que comienza cuando algunos de estos simios inician una nueva singladura adaptativa abandonando las selvas.

Fuente: Extracto del libro – Entre arqueólogos y leones – Manuel Domínguez-Rodrigo, Alberto Gómez Castanedo.

INTRODUCCIÓN A LA EVOLUCIÓN HUMANA

LISTA DE ESPECIES

Anterior al género Homo

Primeros Homínidos

  • Sahelanthropus tchadensis
  • Orrorin tugenensis
  • Ardipithecus kadabba
  • Ardipithecus ramidus

Australopithecus

  • Australopithecus anamensis
  • Australopithecus bahrelghazali
  • Australopithecus afarensis
  • Australopithecus africanus
  • Australopithecus garhi
  • Australopithecus sediba

Paranthropus

  • Paranthropus aethiopicus
  • Paranthropus boisei
  • Paranthropus robustus

Kenyanthropus

  • Kenyanthropus platyops

Género Homo

  • Homo habilis
  • Homo rudolfensis
  • Homo ergaster
  • Homo georgicus
  • Homo erectus
  • Homo cepranensis
  • Homo antecessor
  • Homo heidelbergensis
  • Homo Nesher Ramla
  • Homo naledi
  • Homo luzonensis
  • Homo floresiensis
  • Homo rhodesiensis
  • Homo neanderthalensis
  • Homo sapiens
  • Hombre de Denisova
  • Homo sapiens idaltu
  • Homo longi
  • Homo sapiens sapiens

La evolución humana es el largo proceso de cambio por el cual las personas se originaron a partir de antepasados ​​simiescos. La evidencia científica muestra que los rasgos físicos y de comportamiento compartidos por todas las personas se originaron a partir de antepasados ​​simiescos y evolucionaron durante un período de aproximadamente seis millones de años.

Uno de los primeros rasgos humanos definitorios, el bipedalismo, la capacidad de caminar sobre dos piernas, evolucionó hace más de 4 millones de años. Otras características humanas importantes, como un cerebro grande y complejo, la capacidad para fabricar y utilizar herramientas y la capacidad para el lenguaje, se desarrollaron más recientemente. Muchos rasgos avanzados, incluida la expresión simbólica compleja, el arte y la diversidad cultural elaborada, surgieron principalmente durante los últimos 100.000 años.

Los humanos somos primates. Las similitudes físicas y genéticas muestran que la especie humana moderna, el Homo sapiens , tiene una relación muy estrecha con otro grupo de especies de primates, los simios. Los humanos y los grandes simios (grandes simios) de África, los chimpancés (incluidos los bonobos, o los llamados “chimpancés pigmeos”) y los gorilas, comparten un antepasado común que vivió hace entre 8 y 6 millones de años. Los seres humanos evolucionaron por primera vez en África y gran parte de la evolución humana ocurrió en ese continente. Los fósiles de los primeros humanos que vivieron hace entre 6 y 2 millones de años provienen en su totalidad de África.

La mayoría de los científicos reconocen actualmente entre 15 y 20 especies diferentes de humanos primitivos. Sin embargo, no todos los científicos están de acuerdo sobre cómo se relacionan estas especies o cuáles simplemente se extinguieron. Muchas especies humanas primitivas, ciertamente la mayoría de ellas, no dejaron descendientes vivos. Los científicos también debaten sobre cómo identificar y clasificar especies particulares de humanos primitivos y sobre qué factores influyeron en la evolución y extinción de cada especie.

Los primeros humanos emigraron por primera vez de África a Asia probablemente hace entre 2 y 1,8 millones de años. Entraron en Europa algo más tarde, entre 1,5 millones y 1 millón de años. Las especies de humanos modernos poblaron muchas partes del mundo mucho más tarde. Por ejemplo, la gente llegó por primera vez a Australia probablemente en los últimos 60.000 años y a las Américas en los últimos 30.000 años aproximadamente. Los inicios de la agricultura y el surgimiento de las primeras civilizaciones ocurrieron en los últimos 12.000 años.

PALEOANTROPOLOGÍA

La paleoantropología es el estudio científico de la evolución humana. La paleoantropología es un subcampo de la antropología, el estudio de la cultura humana, la sociedad y la biología. El campo implica la comprensión de las similitudes y diferencias entre los humanos y otras especies en sus genes, forma corporal, fisiología y comportamiento. Los paleoantropólogos buscan las raíces de los rasgos físicos y el comportamiento humanos. Buscan descubrir cómo la evolución ha dado forma a los potenciales, tendencias y limitaciones de todas las personas. Para muchas personas, la paleoantropología es un campo científico apasionante porque investiga el origen, durante millones de años, de los rasgos universales y definitorios de nuestra especie. Sin embargo, algunas personas encuentran preocupante el concepto de evolución humana porque puede parecer que no encaja con las creencias religiosas y otras creencias tradicionales sobre cómo las personas, otros seres vivos, y el mundo llegó a existir. Sin embargo, muchas personas han llegado a reconciliar sus creencias con la evidencia científica.

Los primeros fósiles humanos y restos arqueológicos ofrecen las pistas más importantes sobre este antiguo pasado. Estos restos incluyen huesos, herramientas y cualquier otra evidencia (como huellas, evidencia de hogares o marcas de carnicería en huesos de animales) dejadas por personas anteriores. Por lo general, los restos se enterraron y se conservaron de forma natural. Luego se encuentran en la superficie (expuestos por la lluvia, los ríos y la erosión eólica) o excavando en el suelo. Al estudiar los huesos fosilizados, los científicos aprenden sobre la apariencia física de los humanos anteriores y cómo cambió. El tamaño de los huesos, la forma y las marcas dejadas por los músculos nos dicen cómo esos predecesores se movían, sostenían herramientas y cómo cambió el tamaño de sus cerebros durante mucho tiempo. La evidencia arqueológica se refiere a las cosas que las personas anteriores hicieron y los lugares donde los científicos las encuentran. Al estudiar este tipo de evidencia,

EL PROCESO DE EVOLUCIÓN

El proceso de evolución involucra una serie de cambios naturales que hacen que las especies (poblaciones de diferentes organismos) surjan, se adapten al medio y se extingan. Todas las especies u organismos se han originado mediante el proceso de evolución biológica. En los animales que se reproducen sexualmente, incluidos los humanos, el término especie se refiere a un grupo cuyos miembros adultos se cruzan regularmente, lo que resulta en una descendencia fértil, es decir, una descendencia capaz de reproducirse. Los científicos clasifican cada especie con un nombre científico único de dos partes. En este sistema, los humanos modernos se clasifican como Homo sapiens.

La evolución ocurre cuando hay un cambio en el material genético – la molécula química, el ADN – que se hereda de los padres, y especialmente en las proporciones de diferentes genes en una población. Los genes representan los segmentos de ADN que proporcionan el código químico para producir proteínas. La información contenida en el ADN puede cambiar mediante un proceso conocido como mutación. La forma en que se expresan determinados genes, es decir, cómo influyen en el cuerpo o el comportamiento de un organismo, también puede cambiar. Los genes afectan la forma en que se desarrolla el cuerpo y el comportamiento de un organismo durante su vida, y es por eso que las características heredadas genéticamente pueden influir en la probabilidad de supervivencia y reproducción de un organismo.

La evolución no cambia a ningún individuo. En cambio, cambia los medios heredados de crecimiento y desarrollo que caracterizan a una población (un grupo de individuos de la misma especie que viven en un hábitat particular). Los padres transmiten cambios genéticos adaptativos a sus hijos y, en última instancia, estos cambios se vuelven comunes en toda la población. Como resultado, la descendencia hereda esas características genéticas que aumentan sus posibilidades de supervivencia y su capacidad para dar a luz, lo que puede funcionar bien hasta que cambie el entorno. Con el tiempo, el cambio genético puede alterar la forma de vida general de una especie, como lo que come, cómo crece y dónde puede vivir. La evolución humana tuvo lugar cuando las nuevas variaciones genéticas en las poblaciones de antepasados ​​tempranos favorecieron nuevas habilidades para adaptarse al cambio ambiental y alteraron así la forma de vida humana.

Gráfico de las especies.
7 millones de años de evolución humana. (American Museum of Natural History).

Fuente: