Evolución humana

VENIMOS DEL MONO; MÁS CONCRETAMENTE, DEL SIMIO

Durante los últimos 50 millones de años, la aparición y progresiva evolución de los primates ha estado íntimamente ligada a la existencia de bosques tropicales, generalmente de carácter denso. Este orden faunístico posee una serie de rasgos que le vinculan en casi todas sus manifestaciones especificas a la presencia de árboles y vegetación arbustiva abundante, tanto por sus características físicas, esqueleto adaptado a la deambulación arbórea (preparado para trepar, saltar, braquiar, asirse a las ramas…), como fisiológicas, anatomía adaptada al consumo de frutos y, de modo más secundario, de otros productos arborícolas (hojas, gomas, resinas y semillas). El ejemplo más evidente de este hecho es que de las más de doscientas especies de primates existentes en la actualidad, la práctica totalidad se distribuye en los cinturones boscosos intertropicales de África, Asia, y América. Además, un número superior al 90% son especies arbóreas (por ejemplo, de las ochenta especies del continente americano ninguna es terrestre) y casi todas poseen dietas en las que los frutos constituyen la parte mayoritaria, oscilando de un 50% a casi un 90% del global de las mismas. La explicación de este hecho reside en que los intestinos de estos animales muestran una proporción intermedia entre los intestinos reducidos de los carnívoros y los más largos de los herbívoros. Dichas dimensiones intestinales guardan una relación muy estrecha con la calidad de la dieta. Tan solo un grupo, los colobinos, han desarrollado un tracto digestivo más largo, que les permite reducir notablemente el consumo de frutos, para aumentar la ingesta de hojas. Por consiguiente, los primates han sido, y siguen siendo, sumamente dependientes de los bosques para su supervivencia.

La disposición de frondosos bosques en grandes áreas de la franja intertropical está ligada a la distribución de las precipitaciones, siempre abundantes a lo largo del año y exentas de estacionalidad. La selva se degrada progresivamente hacia formas más abiertas según nos movemos de latitud y nos desplazamos a lugares en los que el aporte pluviométrico se hace temporal, sujeto a la variación de ciertas épocas del año. En el bosque tropical, en cambio, no existe un ritmo estacional del ciclo vegetativo, ya que el ambiente siempre es cálido y húmedo. Así pues, nos encontramos aquí con una disposición casi constante de un buen número de frutos y otros productos, por otra parte, las circunstancias ecológicas propician la existencia de una abundante diversidad de especies vegetales. En unidades pequeñas de territorio se encuentran centenares de especies arbóreas. A modo de ejemplo baste citar que en una sola hectárea pueden existir solo dos o tres arboles de la misma especie. Por consiguiente, a la disponibilidad permanente de recursos se le añade su abundancia y variedad por unidad de terreno. Sin embargo, las selvas tropicales, lejos de ser formas paisajísticas monolíticas y uniformes, también ofrecen una variedad aunque un tanto limitada de escenarios. Aunque el núcleo lo constituyen los bosques perennes, que vistos desde el aire tienen el aspecto de un denso tapiz verde, en las zonas más marginales de estos y en proximidad a los trópicos aparecen los bosques tropicales caducifolios, mas heterogéneos en apariencia, con menos especies vegetales y combinados frecuentemente con claros. La distribución de los recursos, pues, no es homogénea, como tampoco es la aparición y densidad de especies animales arborícolas, más abundantes en las frondosas selvas.

Semejante vergel natural ha facilitado la adaptación de un número tan amplio de especies primates por las razones aludidas y debido al hecho de que la selección natural se desarrolla en estas selvas a dos niveles: el horizontal y el vertical. El primero, común al resto de ecosistemas del globo, consiste en la competencia por el alimente a ras del suelo y en la parte arbustiva baja. El segundo, particular de estas formas de escenarios naturales, se constituye en torno a la distribución de recursos en los arboles medios y altos (puesto que los frutos pueden aparecer hasta 50 m del suelo), creando lo que se conoce como selva estratificada, en la que los primates y otros animales establecen su nicho ecológico, en función de la altitud a la que tienen que moverse para completar su dieta. Esta distribución diferencial del alimento, horizontal y vertical, y las preferencia dietéticas de cada especie primate (en estrecha relación con sus características físicas) permite que la competencia sea lo suficientemente relajada como para consentir la coexistencia de tantos taxones.

Uno de los factores elementales para la comprensión de las formas orgánicas de adaptación al medio lo constituye la valoración de la energía. Todo organismo posee unas características físicas y fisiológicas que le exigen un mínimo energético diario para su mantenimiento. Este requerimiento de energía influye en el modo en que dicho organismo se desenvuelve a su vez en dicho medio. Si su necesidad energética bruta es reducida (siempre en comparación con otras especies), el impacto medioambiental de su adaptación será también pequeño. Expresado en otros términos, y desde el punto de vista del ecosistema que ejerce como contenedor de los criterios de selección, cuanto menos le exija un organismo, menor será el coste de este y más probable su adaptación. Luego, cuanto más reducidas sean las necesidades totales de energía de un organismo, mayor será su posibilidad de supervivencia.

Así pues, la evolución ha favorecido a los primates, dentro de unas dietas eclécticas, de menor consumo o inversión energética. Esto se traduce en que la mayor parte de las especies que viven en los bosques tienen de 1 a 15 kg de peso y son de hábitos arbóreos en su mayoría.

Desde el punto de vista de la organización social, salvo los primates pequeños, que suelen ser solitarios, y unas pocas especies menores de 5 kg, que acostumbran a formar unidades familiares nucleares o grupos descoordinados, la mayoría de los primates residen en grupos estables, coordinados por un complejo entramado de relaciones jerárquicas, en cuya cúspide suele encontrarse un individuo (generalmente macho). Este tipo de relación se combina con una estrategia sexual de carácter polígamo temporal, en la que los machos dominantes tienen primacía en el acceso de las hembras. Semejante conducta tiene reflejo en lo que se conoce como dimorfismo sexual, o lo que es igual, la variación en el tamaño corporal entre ambos sexos, además de la presencia en uno de ellos de características particulares o de rasgos más pronunciados (mayor tamaño relativo de caninos, presencia de cresta sagital, etc.). Darwin denomino a estas diferencias morfológicas y de tamaño <selección sexual>, consiste en la competencia que mantienen los machos para acceder a las hembras, lo que explica su mayor tamaño corporal.

Desde una visión retrospectiva, el registro fósil de primates nos muestra que lo observable en la actualidad también es trasladable en cierta medida al pasado. Las primeras formas que se conocen so de especies pequeñas y primitivas (prosimios), las cuales darán paso a partir de principios del Oligoceno (hace unos 35 millones de años) a los primeros primates medianos (antropoides o monos). Los representantes más ilustrativos de este periodo so el Aegyptopithecus, el Oligopithecus, el Catapithecus y el Parapithecus dentro del clado antropoide de los parapitecoideos. En este periodo de la evolución, se documenta la presencia de dimorfismo sexual acusado, tanto en el tamaño de los caminos de ambos sexos como en sus dimensiones corporales, y se indica que la estrategia sexual predominante era, como en los antropoides actuales, de carácter polígamo y temporal.

Hemos de esperar hasta principios del Mioceno (hace 23 millones de años) para encontrar las primeras formas de primates mayores, dentro de lo que en la actualidad se conoce como simios, es decir, primates antropomorfos sin cola y con un patrón de morfología dentaria diferente de los antropoides anteriores al mostrar los molares más cúspides y en forma de Y. los primeros géneros conocidos (entre los que destacan Procónsul, Afropithecus, Nyanzapithecus, Turkanapithecus, Dendropithecus, Micropithecus, Limnopithecus, Simiolus y Rangwapithecus) muestran rasgos heredados de los antropoides oligocenicos y sus tamaños, aunque con un rango muy variable, aun no serán tan grandes como en momentos posteriores. En el Mioceno (entre 16 y 10 millones de años) los restos son más abundantes, y aparecen representantes algo mayores y además se documentan por primera vez fuera de África (destacan: Morotopithecus, Kenyapithecus, Otavipithecus, Equatorius, Chororapithecus y Nacholapithecus en África y Dryopithecus, Griphopithecus, Pierolapithecus, Ankarapithecus, y Sivapithecus en Eurasia). No obstante, la mayor diversidad ocurrió en el Mioceno final (10-6 millones de años), en el que aparecieron varios géneros, además de nuevas especies de algunos de los que existían antes (Ouranopithecus, Rudapithecus, Oreopithecus, Gigantopithecus).

Geología del Mioceno.

Tal variedad de géneros de simios a lo largo del Mioceno no deja de ser sorprendente, ya que en la actualidad solo existen ocho: Hylobates, Bunopithecus, Nomascus y Symophalangus (en los hilobatidos: gibones y siamangos), Pongo (orangután), Gorilla (gorila), Pan (chimpancé) y Homo (al que pertenecemos nosotros). Se ha argumentado que esta cantidad de primates mayores (hominoideos) a lo largo de este periodo, puede justificar que los fósiles de monos antropoides sean tan escasos. El sesgo debido al tamaño no parece ser la causa, ya que alguno de estos hominoideos tenían tamaños muy pequeños. Es posible que la competencia por los recursos tenga más que ver con la escasez de monos, ya que se puede documentar como a partir de 10 millones de años según van disminuyendo los hominoideos van aumentando la proporción de cercopitécidos, explotando demográficamente cuando la mayor parte de los hominoideos desaparece a finales del Mioceno hace unos 6 millones de años.

La mayor presencia de bosques densos más allá de los límites marcados por los trópicos habría favorecido la existencia de tal variedad de simios, sumamente abundante también a lo largo de la franja meridional del continente euroasiático a finales del Mioceno. Por consiguiente, toda la diversidad de especies primates y sus adaptaciones al medio han sido posibles gracias a la presencia de selvas y bosques densos. No deja de resultar irónico, pues, que el origen de la evolución humana haya que situarlo, precisamente, justo cuando algunas especies de simios empezaron a salir de estos.

La visión popular atribuye a Darwin la acepción de que el hombre viene del mono. Para hacer mayor justicia a Darwin y a sus coetáneos, es necesario precisar que a mediados del siglo XIX ya circulaba ampliamente la idea de que el ser humano procedía de simios muy parecidos a los gorilas y chimpancés. Haeckel, en su obra La evolución del hombre publicada en 1879, manifestaba que la evidencia de que el ser humano evolucionara de los catirrinos superiores (gorila, chimpancé y orangután, con énfasis sobre este último) parecía probada y llega a manifestar que, desde un punto de vista científico, <la raza humana deriva de los simios del viejo mundo>. Huxley es igual de expeditivo y en su obra El lugar del hombre en la naturaleza, publicada en 1863 y de referente para los trabajos posteriores de Haeckel y Darwin, mediante un ejercicio de anatomía comparada trae al ser humano y a los simios actuales en proximidad y manifiesta que las similitudes entre ambos grupos son mayores que las que los simios muestran con respecto al resto de primates, probando un origen común. Esta misma comparación la recoge Darwin en su El origen del hombre en 1871, en donde está claro que expone que el hombre procede de los simios africanos. Para ello recoge un amplio repertorio de referencias en las que se apoya, entre las que destacan los estudios de anatomía comparada del cerebro de humanos y simios de Vulpian, la anatomía comprada de Huxley y las constantes comparaciones que realiza entre seres humanos y simios, manifestando <que los simios antropomorfos (gorila, chimpancé) se encuentran en una condición intermedia> entre el hombre y otros catirrinos y que <con respecto al tamaño corporal o fuerza no sabemos si el hombre desciende de algún simio menor, como los chimpancés, o de uno tan poderoso como el gorila y, por consiguiente, si el hombre se ha convertido en una versión más fuerte y de mayor tamaño del mismo o más pequeño y débil que sus ancestros>. Con los argumentos bien justificados de una evolución común entre seres humanos y simios, los naturalistas del siglo XIX y los paleoantropologos del siglo XX estudiaran el proceso de hominización, que comienza cuando algunos de estos simios inician una nueva singladura adaptativa abandonando las selvas.

Fuente: Extracto del libro – Entre arqueólogos y leones – Manuel Domínguez-Rodrigo, Alberto Gómez Castanedo.

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