Acadios

LA PLANTA DE LA INMORTALIDAD

En la tablilla XI del Poema de Gilgamesh se recoge, en unas 50 líneas de extensión, el mito de la “Planta de la Vida”, mágico vegetal que le fue ofrecido al rey de Uruk por el hombre salvado del Diluvio, de nombre Utanapishtim, a instancias de su esposa, tras unas pruebas iniciáticas, desarrolladas en la mítica tierra de Dilmun. Gilgamesh no pudo superarlas, dada -en parte- su condición de mortal, con lo cual no pudo disfrutar de los beneficios de aquella extraordinaria planta. El mito, de origen acadio, lo conocemos en su versión asiria.

TEXTO

Después de no haber podido superar la prueba del sueño, marcada por las siete rebanadas de pan, Gilgamesh se lavó y se vistió con ropas de acuerdo a su dignidad. Utanapishtim, el hombre salvado del Diluvio, encargo a su batelero que condujera al rey de Uruk, que iba buscando la Vida Eterna, a su ciudad, que lo retornara a Uruk.

Tras unos breves preparativos, Gilgamesh, el rey de Uruk, y Urshanabi, el batelero de Utanapishtim, subieron a una barca, la pusieron a flote y se dispusieron a navegar. Pero la esposa de Utanapishtim, apodado “el Lejano”, le dijo a este:

-Esposo mío, Gilgamesh llego aquí penado y esforzándose, ¿Qué le darás antes de que regrese a su país?

Al oír aquello, Gilgamesh levanto se pértiga para acercar la barca a la orilla. Ya junto a ella, oyó las palabras que le dirigía a Utanapishtim.

-Gilgamesh, viniste aquí penado y esforzándote, ¿Qué te daré antes de que regreses a tu país? Gilgamesh, escucha. Te voy a revelar una cosa oculta, te voy a revelar un secreto de los dioses. Mira: en el fondo de las aguas hay una planta, esta planta shammu, tiene su raíz como la del espino; sus púas hieren las manos y pinchan como el rosal. Si obtienes esa planta, ¡hallaras nueva Vida!

En cuanto Gilgamesh oyó esto, abrió un hoyo para que lo conectara con el fondo de las aguas y, a continuación, ato pesadas piedras a sus pies que le hundieron hasta el fondo del Apsu, en donde vio la planta. La arranco, aunque esta le pincho sus manos, luego corto las ligaduras que amarraban las pesadas piedras a sus pies y el mar lo lanzo a la superficie.

Gilgamesh hablo entonces así a Urshanabi, el batelero:

-Urshanabi, esta es una planta excepcional, es la “Planta del latido”. Gracias a ella el hombre recobra el vigor en su corazón. La llevare a la amurallada Uruk, mi ciudad. Hare que la coma un anciano para experimentar su eficacia. El nombre de la misma será, por ello, Shibu issahir amelu, o lo que es lo mismo ‘El Viejo se vuelve joven’, ‘El Viejo Rejuvenece’. Yo mismo también la comeré y así volveré al estado de mi pasada juventud.

Al cabo de veinte leguas dobles de camino partieron el pan, después de treinta leguas dobles, plantaron la tienda. Gilgamesh descubrió entonces una fuente de frescas aguas. Descendió hasta ella y se bañó en sus aguas. Pero una serpiente olfateo la fragancia de la planta, se acercó silenciosamente y se la llevo. Al partir, dejo allí su escamosa y vieja piel. Al advertir lo ocurrido, Gilgamesh se sentó y se puso a llorar. Las lágrimas le corrían por sus mejillas. Él le dijo a Urshanabi, el batelero:

-¿Para quién de los míos, oh Urshanabi, trabajaron mis manos? ¿Para esto derrame la sangre de mi corazón? No he obtenido ningún beneficio para mí. ¡Al ‘león del suelo’, a esa serpiente, le he dado la felicidad!

Después de calmarse un poco, Gilgamesh hubo de aceptar la cruda realidad. Intentando justificar su fracaso, continúo diciendo:

-Bien, el oleaje hace ya que ha subido veinte leguas dobles. Cuando abrí el Hoyo deje caer mis herramientas, ¿Cómo puedo encontrar ahora la indicación del sitio? Ojala que me hubiese vuelto y que hubiese dejado la barca en la orilla.

Al cabo de veinte leguas dobles partieron el pan, a las treinta leguas dobles instalaron la tienda. Finalmente, ambos llegaron a la hermosa ciudad de Uruk, cuyos fundamentos habían sido construidos por los Siete Sabios y cuyas murallas de ladrillo, inexpugnables, eran una maravillosa obra de arquitectura.

Una vez llegados a Uruk, Gilgamesh invita a Urshanabi a admirar la ciudad. Esta tablilla, según su colofón, fue propiedad del rey asirio Assurbanipal (668-631 a.C.), que la conservo en su biblioteca de Nínive.

Fuente: Mitos de la antigua Mesopotamia – Federico Lara Peinado.

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